La madrugada de este viernes podría convertirse en una de esas fechas para la seguridad del Caribe colombiano. Naín Andrés Pérez Toncel, alias “Naín” o “Bendito Menor”, uno de los principales cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN, conocidas también como Los Pachenca), habría caído durante un operativo de la Fuerza Pública en Riohacha, junto con su compañera sentimental, alias “La Bebecita”, y dos de sus escoltas.
¿Quién era “Bendito Menor”?
Era un hombre de apenas 26 años que, según las autoridades, comenzó su carrera criminal en 2019 como sicario al servicio de alias “Pinocho”. Posteriormente ingresó al componente armado del frente Javier Cáceres y fue escalando posiciones hasta convertirse en uno de los principales hombres de confianza de esa organización.

Su radio de acción no era pequeño. Las autoridades lo señalaban como coordinador de narcotráfico, extorsión, homicidios y control territorial en sectores de La Guajira, Magdalena y Cesar, especialmente sobre la Troncal del Caribe. También era señalado por actividades de reclutamiento y por hechos violentos atribuidos a la estructura criminal.
Pero había algo todavía más preocupante: su desafío público al Estado.
“»Bendito Menor«” convirtió las redes sociales en una vitrina de poder criminal. Aparecía armado, exhibía su vida personal, recorría territorios donde las autoridades lo buscaban y llegó a desafiar públicamente a quienes pretendían capturarlo. En julio incluso reapareció en videos mientras existía una recompensa por información que permitiera localizarlo.
Por eso su caída, no debe interpretarse simplemente como la muerte de un delincuente.
Es un mensaje sobre quién manda
Durante demasiado tiempo, determinados grupos criminales han pretendido convertir extensas zonas del Caribe en territorios donde la ley parece negociable y donde el miedo termina sustituyendo a la autoridad.
El caso “Bendito Menor” representaba precisamente eso: un criminal joven que había conseguido construir alrededor suyo una imagen de poder, impunidad y desafío.

Hoy esa imagen podría haberse desplomado
Y hay otro elemento que merece reconocimiento: que el presidente Abelardo De La Espriella haya viajado personalmente a Riohacha y se encuentre en el Batallón Cartagena verificando el resultado demuestra que la seguridad no puede manejarse únicamente desde los escritorios de Bogotá. El comandante supremo de las Fuerzas Armadas debe conocer de primera mano lo que ocurre en los territorios.
Pero cuidado: un golpe no significa que la guerra contra el crimen haya terminado
Caído “Bendito Menor”, queda una estructura. Quedan redes de narcotráfico. Quedan extorsionadores. Quedan armas. Quedan territorios disputados. Y, sobre todo, queda la obligación del Estado de impedir que otro “Bendito Menor” ocupe inmediatamente el espacio dejado.
La lección es contundente
Cuando el Estado recupera la iniciativa, el crimen retrocede. Cuando el Estado vacila, el crimen avanza.
Hoy el Caribe espera confirmaciones oficiales, pero también espera algo más importante: que este golpe sea el comienzo de una ofensiva sostenida para recuperar definitivamente la seguridad de Magdalena, Cesar y La Guajira.
Porque ningún delincuente puede sentirse dueño de un territorio que pertenece a los ciudadanos y a la República.
El Estado no puede arrodillarse ante el crimen. Nunca más.
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